Ni la ignorancia ni el conocimiento son gratuitos, todo tiene su precio en esta vida.

 

A veces recuerdo con añoranza aquellos viejos tiempos en los que mi vida consistía en ir a trabajar, quejarme un poco, decidir en qué iba a gastar mi tiempo libre, y vivir con las mismas preocupaciones que el resto de la gente, preocupaciones sobre el trabajo, el dinero, la política, pero sin preocuparme demasiado por mi futuro lejano.

 

Desconocía que había otra manera de vivir, no sabía que ir a trabajar cada día era solo una de las tantas formas que hay de ganarse la vida, no sabía nada de negocios, empresas, emprendimientos, inversiones, ingresos pasivos, libertad financiera, todas esas cosas no eran para la gente “común” al menos no para mí, ignoraba totalmente que existía la posibilidad de cambiar mi vida, creía que mi realidad era la de la mayoría y que era lo que me había tocado, tal vez de haber nacido en otro entorno o en una familia de dinero, o en otro país, o si me ganara la lotería, quien sabe, pero no me había tocado así que lo único que podía hacer era aprovechar al máximo lo que tenía, organizar el dinero que sí tenía lo mejor posible para que me rindiera al máximo pero poco más podía yo hacer.
 

 

Un día, frustrada por no poder hacer más, indignada porque a raíz de la crisis cada vez tenía que trabajar más mientras se recortaban beneficios, y angustiada porque tampoco podía quejarme demasiado, al menos yo tenía trabajo que ya era mucho decir, otros a mi alrededor estaban mucho peor. Pero siempre pensé que “mal de muchos consuelo de tontos” asique no me consolaba pensar que yo no estaba tan mal. Tenía que haber algo que yo pudiera hacer, entonces decidí investigar “un poco” y ese poco se convirtió en “un mucho”.

 

Cuanto más leía más me daba cuenta de todo lo que no sabía, de todo lo que podía hacer y no estaba haciendo ni sabía cómo hacer ni por dónde empezar, de a poco se empezó a abrir mi cabeza de tal manera que me dió vértigo el abismo que se creó entre el punto en el que estaba hasta el punto al que quería llegar. Lo peor de todo era que ya no había vuelta atrás. Una vez que descubrí que había otro mundo allá afuera, más allá de mis cuatro paredes mentales que me había levantado yo misma, ya no podía volver.

En ese momento empecé a pagar el precio del conocimiento. ¿Cómo podría pasarme las tardes remoloneando en el sofá cuando tenía tanto por hacer? ¡Qué bien que estaba cuando no sabía nada de todo esto! ¡Qué daría yo por volver a mi rutina de trabajar, quejarme y disfrutar mi tiempo libre! Pero luego otra vocecita en mi cabeza me dice ¡ese sí que es consuelo de tontos!

Como decía Franklin, “si crees que la educación es cara, prueba la ignorancia”

Lo cierto es que todo tiene su precio, y tú eres quien debe decidir qué precio estás dispuesto a pagar, el del conocimiento o el de la ignorancia.
Elige bien.

 

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¡Éxitos!

Alita
 

2 respuestas a “Conocimiento vs. Ignorancia, ¿qué precio prefieres pagar?”

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