Los costos sumergidos o hundidos (sunk costs) son gastos que hemos hecho en el pasado que, independientemente de las decisiones que tomemos en el futuro, ya no vamos a volver a recuperar.

Tenemos muchos de estos gastos, y si sabemos identificarlos y conocemos cómo funciona nuestro cerebro en relación a ellos, podremos tomar decisiones más acertadas.

Algunos ejemplos de costos sumergidos

  • Esos zapatos que nunca nos terminaron de gustar y que cada vez que los usamos nos sacan ampollas, sin embargo, insistimos en seguir comprando plantillas o apósitos para poder seguir usando y así justificar el gasto que ya hemos hecho.
  • El bizcocho que se nos ha quemado por debajo y nos ha quedado medio crudo por dentro, que intentamos “tunear” metiéndole 2 kilos de dulce de leche y hacemos el esfuerzo de comer porque hemos pasado toda la tarde en la cocina preparándolo.
  • La cuota anual del gimnasio que hemos pagado (aunque sea la primera vez que pisamos un gimnasio), que utilizamos de motivación para seguir con las clases y no abandonar.

No importa lo que hagamos en el futuro, el gasto ya está hecho y no se puede recuperar. Usemos o no usemos los zapatos, nos comamos o no el bizcocho, vayamos o no al gimnasio.

costos sumergidos

La paradoja de los costos sumergidos

Si prestas atención a los tres ejemplos que he puesto, en los dos primeros, hemos invertido dinero y/o tiempo en algo que creíamos que iba a funcionar. Creíamos que íbamos a usar los zapatos frecuentemente y que el bizcocho iba a salir riquísimo.

 Pero en el último caso, la finalidad es distinta, ya que, aunque una parte de nosotros tenga la esperanza de que funcione, otra parte sabe que lo más probable es que nos veamos tentados a abandonar y el hecho de haber ya pagado nos motivará a seguir yendo. En los dos primeros casos intentamos evitar estos gastos sumergidos, pero en el último, los usamos como estrategia motivacional.

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Pero lo paradójico del asunto es que, esa estrategia no suele funcionar. Porque por un lado nos molestan los costes sumergidos los recordamos constantemente, e intentamos evitar este tipo de situaciones, por otro lado, cuando lo hacemos a propósito, parece que tuviéramos memoria de pez y enseguida nos olvidamos de lo que hemos gastado y ya no surge efecto el factor motivacional.

Los costos sumergidos y la memoria de pez

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Si bien cada vez que veamos los zapatos, el bizcocho o el pase del gimnasio, sufriremos por ese gasto pasado, a los pocos minutos nos olvidaremos de ello. Por eso no es una buena estrategia de motivación. A menos que peguemos el recibo de lo que hemos pagado por esa cuota anual del gimnasio en la puerta de la nevera, poco efecto tendrá.

Cada tanto, cuando veamos algo que esté relacionado con la actividad física, nos acordaremos que teníamos pagado el gimnasio, nos sentiremos mal por eso, tal vez lo usemos un par de días, pero al poco tiempo nos volveremos a olvidar y dejará de tener efecto la estrategia.

Los costos sumergidos y la memoria de elefante

Por otro lado, aunque solo nos acordemos de este tipo de gastos cuando nos cruzamos con ellos, podemos llegar a guardar objetos, como el par de zapatos que nunca usamos (ni usaremos) por años, y recordaremos cuánto hemos gastado en ellos, esto hará que decidamos conservarlos un rato más, porque ahora sí estamos decididos a usarlos para sacarle provecho. Y poquito a poquito, vamos llenando el armario y el trastero.

Razón y emoción

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Aunque nos guste creer que somos seres muy racionales, muchas veces demostramos lo contrario. Y esto se debe a que además de ser racionales, también somos emocionales, y separar nuestras emociones de nuestra economía es un error muy común que nos complica la existencia y las finanzas.

Separar nuestras emociones de nuestra economía es un error muy común que nos complica la existencia y las finanzas. Clic para tuitear

Richard Thaler, premio nobel de economía 2017, en su libro Misbehaving nos dice que, reconociendo los errores económicos producidos por nuestro comportamiento, podremos buscar soluciones relacionadas con nuestro comportamiento. En vez de intentar buscar soluciones económicas a problemas conductuales.

Una persona que actúa de manera totalmente racional, no tendría en cuenta los costos sumergidos, ya que no hay manera de recuperarlos, y tiraría esos zapatos y ese bizcocho que lo único que le dan es dolor de pies o de barriga, e iría frecuentemente al gimnasio. Pero nadie actúa únicamente de forma racional.

Conocimiento práctico

Aunque no seamos 100% racionales, ser conscientes de la existencia de los costos sumergidos, nos ayudará a ver este tipo de situaciones desde otra perspectiva, para poder desprendernos de las cosas que no nos aportan nada y que solo conservamos porque hemos invertido dinero o tiempo en ellas. Para así evitar que perdamos aún más tiempo o dinero intentando salvar la situación.

Hay que saber abandonar el barco a tiempo en vez de pulular por la vida arrastrando lastres.

Si algo no nos aporta nada ahora, y ya sabemos o estamos bastante seguros de que no nos aportará nada en el futuro, borrón y cuenta nueva. Sin culpas ni reproches.

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Recuerda que las decisiones que hemos tomado en el pasado las hemos hecho teniendo en cuenta las circunstancias y la información que teníamos en el pasado. Cuando hemos gastado nuestro dinero o invertido nuestro tiempo, no sabíamos que los zapatos nos harían daño, que se nos quemaría el bizcocho, o que la pereza nos ganaría. En su momento fue la mejor decisión, pero ahora ya no lo es.

Eso no lo podemos cambiar, pero lo que sí podemos evitar es, gastar más tiempo, dinero o sitio en nuestro armario, que podríamos estar utilizando en otras cosas que sí nos aportan valor.

¿Tienes algún costo sumergido que te atormente actualmente?

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